Mi esposa se enteró. Perdí mi trabajo, mi matrimonio se fracturó y le hice mucho daño a la persona que más quería.
Caí por egoísmo y por una crisis de sentido que me llegó en la mitad de la vida. Le pasa a muchos hombres. Yo nunca lo hablé con nadie.
Ahí entendí que pedir perdón no alcanzaba, y que esperar a que el tiempo decidiera tampoco. Empecé a actuar. Busqué un cambio de fondo en mí, no solo en lo que le decía a ella.
Si rompes el vidrio de un vecino, pedir perdón no basta. Hay que repararlo.
La reparación tomó tiempo. Recuperar su amor y su confianza fue posible. Seguir siendo un papá presente fue posible. Y que el sol volviera a salir en mi vida, también.
Mi caso no garantiza el tuyo. Lo que ella decida no depende de ti; lo que tú haces, sí. Para eso armamos este método.